miércoles, junio 13, 2012

Sacrificio

Todo sacrificio necesita, para conservar su sentido, su coherencia esencial, un elemento sagrado que una entre sí la acción oferente, la ofrenda misma y la finalidad, el destino teleológico de la acción. Si se rompe ese elemento sagrado, el sacrificio deviene en farsa o en fractura. En sufrimiento ciego, en dolor inexplicado que conduce a la locura. Todo esto lo sabían el autor del Génesis y Esquilo. Y Kierkegaard lo supo atisbar. Un padre, unos padres, pueden ofrecer en sacrificio a un hijo, a una hija, atendiendo a una voluntad ajena que exige ser divina. El sacrificio aporta sentido a la existencia de los oferentes, siempre que la ofrenda misma comparta ese relato. Siempre que Isaac e Ifigenia no solo entiendan qué está ocurriendo, sino que lo compartan, que hagan suya la misma realidad sacrificial que se concreta en sus personas: el sacrificio, pues, tiene que ser capaz de dotar de sentido a las vidas que van a ser entregadas por el honor de Dios y el honor de los oferentes. Eso mismo confiere honor a las ofrendas. Pero si el elemento sagrado, la explicación fundamental del honor de Dios, ya no es percibido como tal por las vidas ofrendadas, por Isaac e Ifigenia, Agamenón y Abraham sufren. ¿A quién pedir explicaciones de ese sufrimiento? La respuesta es el vacío y la actitud, la reconstrucción, incluso la búsqueda de un nuevo sentido en la lógica oculta que sólo entiende la misma voluntad divina. Eso es aprender a vivir en paz con los fantasmas de los propios muertos.

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domingo, enero 23, 2011

Respuestas imperfectas

Me gusta la consistencia del discurso intelectual de Raztinger, hoy Benedicto XVI. La precisión del encaje de las piezas, la inteligencia en la elección del momento para utilizarlas en cada recodo del razonamiento planteado. En estos tiempos de abajofirmantes y masticadores de ideas de segunda mano, lo de menos es estar o no de acuerdo con Ratzinger, incluso con el Ratzinger que de vez en cuando asoma bajo Benedicto XVI. A estas alturas, no busco precisamente estar o no de acuerdo con nadie, ni la talla intelectual de nadie depende de mi aquiescencia, ni de la la de nadie, a sus postulados. Cualquier interlocución de verdad es ya de por sí un regalo. Bien. Ratzinger, en su desglose análitico de la silueta del cristianismo en el contexto de la pluralidad religiosa (Fe, verdad y tolerancia) me ha hecho caer en la cuenta de que, efectivamente, en el cristianismo, en la tradición profética en la que se inserta, lo importante no es tanto el grado de perfección de las personas, el acceso a los delicados conceptos del mundo superior, sino la acción de Dios y la respuesta personal a esa acción. Una acción datable, identificable. Una acción histórica. Lo importante, entonces, no es ya entender la historia del cristianismo, su fenomenología religiosa. Lo importante es el binomio que forman historia y cristianismo; vale decir, el conocimiento histórico de la acción de Dios y la respuesta, imperfecta pero innegable, ante ella.

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miércoles, febrero 10, 2010

Un campo de batalla

He aprendido algo nuevo con la lectura de Cristianismos perdidos, de Bart D. Ehrman, profesor de la Universidad de Carolina del Norte. He aprendido a leer el Credo de Nicea con respeto. Cada afirmación es el destilado final de un combate muy duro, a veces sangriento; detrás de cada palabra hay ilusiones, desilusiones, afanes, glorias y miserias de quienes un día fueron capaces de explicitar su creencia y confrontarla con otras. Leer ese texto es pasearse por un campo de batalla; o, desde la calma de la distancia, una suerte de cementerio militar, como el camposanto de soldados alemanes que hay cerca de Yuste, junto al último retiro del César Carlos. Eso merece un respeto, se esté entre los vencedores o entre los vencidos. Desde ese punto de vista, ganar y perder son asuntos de importancia relativa y mirar el Credo como una especie de mantra repetitivo, como una canción colegial es, sencillamente, insultar a la memoria de los muertos.

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